LA PRIMERA TORMENTA

Expedición: LOS ALPES 2011

Apostados en un terraza que cuelga del vacío por ambos lados, nos vestimos con todo lo que tenemos para poder soportar el frío de una noche más que dormiremos a la intemperie, o al menos lo intentaremos, cobijados únicamente por las estrellas y la luna llena que acaba de salir por detrás de esa pared inmensa y bellísima de las Grandes Jorasses.

La Aguja del Loco es la aguja más espigada del extremo derecho de la foto. Así se la veía desde el sitio de nuestro segundo vivac.

La Aguja del Loco es la aguja más espigada del extremo derecho de la foto. Así se la veía desde el sitio de nuestro segundo vivac.

Acomodados en el lecho de piedra con las cuerdas como almohada hacemos un repaso de lo que ha sido la escalada de hoy día y las cuentas se resume en tres palabras: exigente pero felices. Metidos en sendos sacos de nylon, una vez más la Carlita y el Topo revisan la guía para asegurarse de lo que nos toca mañana. Con toda claridad el texto indica que la escalada de la Aguja del Loco es la parte más dura de toda la travesía porque el recorrido es muy vertical, porque hay un par de pasajes bien exigentes y, como siempre, no existen posibilidades de escapatoria.

Desde el sitio donde estoy tengo una vista magnífica de la tal Aguja del Loco, que ya puesto en el ejercicio de imaginarme por dónde diablos nos vamos a encaramar mañana en semejante verticalidad, empiezo a dudar si la vista es magnífica o sobrecogedora….o ambas. Como uno de mis principios de vida es El Poder del Ahora, porque el ayer ya pasó y del futuro….ni idea, me sumerjo en la delgadez de mi bolsita de nylon y navego con la música de mi Ipod, y en ese viaje hago un recorrido hermoso por el mundo. Con Prem Joshua me voy hasta Katmandú y llego hasta el Himalaya; Ludovico Eunaudi me lleva de la mano a esa parte mía del alma, donde habita el niño que no ha perdido ni la inocencia ni la sonrisa; Juan Luis Guerra me lleva hasta Japón con su bachata en Fukuoka; Marissa Monti canta muy dulce su Infinito Particular y me arrulla con su voz, con su portugués, con su saudade y entonces, me duermo…… me duermo abrazado a mi niño, y le tranquilizo diciéndole que no se preocupe, que a ese Loco, mañana lo vamos a atar y que vamos a llegar a su cima. Me sumerjo en mi propio viaje a mi infinito particular. (Diego querido, muchas gracias por haberme enseñado este bello camino de la música)

La luna llena que acababa de salir por detrás de la pared inmensa de las Grandes Jorasses

La luna llena que acababa de salir por detrás de la pared inmensa de las Grandes Jorasses

El Topito preparando la plataforma para el segundo vivac

El Topito preparando la plataforma para el segundo vivac

 

Día 3

Esta noche he sentido menos frío que las dos anteriores. ¿O será que ya me estoy acostumbrando al maltrato? ¿Qué será?

Repitiendo la ceremonia de desentumecer los huesos, sacar el cuerpo de la funda de nylon y hacernos los desentendidos con las ganas de un desayuno que incluya cafecito en leche, cruasán, mantequilla, mermelada y huevos revueltos….nos mojamos las ganas con unos íngrimos dos cientos centímetros cúbicos de Tang de naranjilla, un pedazo de pan integral y otro de queso gruyere.

-A lo que vinimos panas-

En los rostros de la Carla y el Topo busco el mío mismo. Me encuentro, me identifico, y me animo porque si así es como estoy, entonces estoy bien, teniendo en cuenta que las jornadas han sido duras, que el estrés deportivo (como lo llaman los entendidos) ha sido alto, que hemos dormido mal y poco; y para completar el cuadro, mal comidos, por una cuestión logística de peso.

Efectivamente – A lo que vinimos panas –

Después de una travesía sin mayores complicaciones llegamos al pie de la ya mentada Aguja del Loco. Llegados a este punto de la crónica, no de la escalada, debo decirles que a mí me suena mejor el nombre en francés, Aiguillie du Fou, se escucha como más delicado, como más sutil. Sin duda el francés es el idioma del amor. Verdad ¿mon amour?

Ver escalar al Topito moviéndose hacia arriba, como un pez en el agua, es un verdadero deleite. Es lo suyo, jugar con la verticalidad, sacar provecho de sus brazos y sus piernas largas para ganarle la apuesta a la gravedad. Avanza, atisba, respira, se detiene, asegura y sigue subiendo.

Después de siete ¨largos¨ hemos cubierto todo el espigado recorrido de la Aiguillie du Fou, que efectivamente hasta aquí han sido los más duros de escalar. En el quinto ¨largo¨ Carla nos hace caer en cuenta que el viento que nos está pegando viene desde el sur y que ese aire, que se lo conoce como ¨Mistral¨, es de muy mal augurio, la secuencia es esta: primero aparece el viento, luego los nubarrones, después viene la granizada como antesala de la nevada y la tormenta eléctrica.

El último tramo lo hemos hecho con un cielo preñado de gris que al no aguantar sus dolores de parto empieza a dar a luz unos granizos bien grandes, cuando retiro el último seguro, mi chaqueta de Gore Tex hace eco de los golpes de los trozos de hielo. La celebración de la cima de la Aguja, es un simple chocar de manos, no da para más, debemos buscar de urgencia un sitio donde pasar la noche.

LLEGA LA TORMENTA

Nos cambiamos de zapatos, los pies de gato por las botas de escalda, desescalamos unos metros por el lado sur y casi enseguida encontramos una repisa bastante cómoda para montar el vivac. Con la granizada pisándonos los talones logramos sacar las bolsas de nylon, acomodar los colchones aislantes y darle dos mordiscos al pan integral y al salchichón.

La terraza, que es perfecta para tres plazas, está de un lado protegida por la roca y el otro mirando al vacío. Carla y Topo se ponen juntos pegados al muro y me ceden gentilmente el lado que mira al vacío. Estoy a punto de acceder a la oferta, pero acordándome de un vivac durísimo que hice hace muchos años en la Pared Norte del Obispo, en Ecuador, en el que nos llovió toda la noche, prefiero escoger otro lugar que tiene piso de arena y en lugar de acostarme decido encarar a la granizada sentado, y esto lo hago por dos razones. Primero, porque la arena es un excelente aislante del frío y de la humedad. Y si la tormenta es como presagia la Carlita habrá agua por montones. La roca recoge el agua y se hace una cocha, la arena absorbe el agua y no pasa mayor cosa. Segundo, al estar sentado hay menos área de contacto con la humedad, y si algo es asqueroso en la montaña….es pasar una noche tiritando de frio por la humedad.

Los Topitos en su lecho de piedra y este servidor sentado en un cuchito de arena. Así dispuestos le recibimos a la granizada.

El concierto dura una hora y media, al final del cual quedo medianamente mojado, es decir los hombros, las manos y una parte de las rodillas. Después de la última nota musical de los granizos golpeando la roca y mis ropas, saco tímidamente la cabeza de la bolsa de nylon y compruebo que, en efecto, la tormenta ya pasó. Sin pensarlo dos veces me desembarazo de la húmeda bolsa y como para mantener el ánimo le digo a la Carlita – ¿y eso era todo mi reina? Fuuu estas tormentas de los Alpes han sido puro escándalo nomás-

Nos animamos a salir de las fundas para comprobar los daños y perjuicios. Mi balance es bastante bueno pero el de los Topitos es bien serio, casi tienen mojado el 60 por ciento de la ropa. Teniendo en cuenta que son cerca de las nueve y que la noche será bien larga les conmino a mis pares a que nos demos modos para secar las fundas de vivac para que de ese manera la noche no sea tan dura y tan fría. Agitando mi funda con movimientos bruscos para espantar el agua y la humedad, compruebo que la situación de los Topitos es peor de lo que me imaginaba y automáticamente hago ascender la valoración a un 80 por ciento. Mientras continúo sacudiendo la tela al aire se me ocurre, como si fuera un capote, ensayar un par de verónicas rematadas con una rebolera y yo mismo me jaloneo un ¡ole!, en una metáfora de que hemos salido más o menos airosos después de la embestida de la tormenta.

Una vez más me sumerjo en la funda de vivac y compruebo el acierto que fue sentarme en el lugarcito de arena. Como si fuera un rito acomodo pacientemente mi espalda contra la roca colocando entre ella y mi nuca el gran ovillo de la cuerda morada para que mañana la tortícolis no sea tan severa. Alrededor nuestro las nubes y la neblina con su lengua de humedad y frío lamen nuestros cuerpos en un acto ausente de lascivia, la luz de las lámparas frontales le dan un aspecto espectral al ambiente. Con mi culo pegado a la arena y mi espalda a la piedra comenzó a tararear el Si tu no vuelves de Miguel Bosé y me quedo en esa parte que dice…. y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía, que te cuente como estoy y sepas lo que hay… porque precisamente esta noche no hay ni una sola estrella y por tanto no hay compañía.

Románticamente supongo que el pasar de esta noche será solamente una cuestión de paciencia y esperar que las horas pasen lentamente, sin saber que lo peor estaba por venir.

Iván Vallejo Ricaurte

EXPEDICIONARIO

SIGUIENTE ENTREGA: LA SEGUNDA TORMENTA

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LAS AGUJAS DE CHAMONIX

Chamonix, 16 de de septiembre de 2011

Queridos amigos del Ecuador y del mundo

Reciban un cariñoso saludo desde Chamonix, en los Alpes al pie del Mont Blanc.

Cuando les escribo esta nota estoy sentado en una terraza que mira directamente a la cima del Mont Blanc, Son las seis de la tarde y toda la ciudad está bañada por esa luz naranja tan cálida propia del verano, las sombras que proyectan los edificios y los chalets en su largura logran cubrir a los turistas, a los escaladores, a los caminantes y a los gitanos que han venido hasta esta parte del mundo para conocer o repetirse las vistas preciosas de los Alpes que hay en esta ciudad, cuna del alpinismo. Por encima de mí el cielo azul se matiza con puntitos de colores rojos, amarillos o fucsias de las velas de los parapentistas que pretenden lograr en un intento modesto, ese sueño que tenemos la mayoría de los seres humanos, volar. Alzo a ver una vez más y me encuentro con una sierra de granito que se recorta sobre el cielo azul. Una cadena alargada de picos de roca que estando por encima de todo el valle de Chamonix asumen el papel de custodios para proteger al valle de la dureza con la que Eolo ataca cuando esta malgenio.

Repaso lentamente el recorrido de las Agujas de Chamonix que comienzan en las Arista de los Cósmicos y terminan, dos kilómetros y medio más adelante, en la Aguja de Blaitiere, y en ese acto sonrío de felicidad, de alegría y de gratitud. Hace dos días, el pasado martes a las ocho de la noche, llegamos de regreso a Chamonix, hechos polvo, después de haber realizado esa travesía en seis días, con sus noches, una de ellas con una dura tormenta que estuvo a punto de estropearlo todo La noche del martes solamente queríamos sacarnos las botas y bañarnos, ni siquiera comer. Teníamos los pies y las manos estropeadas, magulladas y con ampollas. Las manos, en ese estado, porque había pasado factura acariciar tantos días la aspereza del granito de las Agujas; y los pies, porque empotrarlos con toda fuerza en las fisuras de roca, con unos zapatos tan justos como los ¨gatos¨, también había pasado factura Cuando cruzábamos el paso peatonal que nos llevaba hasta el hotel, difícilmente pudimos mantener el glamur, yo personalmente no tenía reparo en andar con un cierto dejo de cansancio que me llevaba a arrastrar las botas por el asfalto, me animaba al ver la misma actitud en el Topo y la Carlita.

Por antigüedad me cedieron el primer turno de la ducha. Cuando el agua caliente empezó a correr por mi cuerpo lejos de ser el alivio que siempre ha sido ese ejercicio, se tornó en sufrimiento. El jabón hería los cortes de las manos y las ampollas de los pies, a duras penas pude empapar mi cabello con el champú en mis manos, me di por vencido y me conformé solamente con el correr del agua. También comprendí que la queja era colectiva, porque al fin y al cabo todos estábamos hechos del mismo material.

Salimos a comer, yo solamente quería ensalada, de ser posible con tomates frescos, porque la dieta de los últimos seis días no había sido muy variada que digamos: pan, queso, salami, Tang de naranjilla y cinco caramelos por día. Efectivamente pedí mi ensalada y cuando me disponía a dar el primer bocado me enteré de otro problema, me había quemado el paladar de tanto chupar hielo. Al tratarse de una arista enteramente de roca no encontramos agua para beber y como el gas para fundir nieve no fue suficiente, tuvimos que recurrir a ese ejercicio, medio rudo pero salvador, lastimosamente con esa factura. Era como morirse de sed frente a la fuente, tenía lo que quería, al fin comida en el real sentido de la palabra y…..no podía comer. Que frustración. Me llevé la mano a las sienes para aguantar el dolor y compartí mi pena con mis pares. Carla tenía la garganta quemada por el mismo ejercicio y el Topo, bien gracias, porque hábilmente ha desarrollado con el tiempo una técnica que le permite chupar el hielo sin quemarse.

Ya ven…. uno aprende todos los días.

Pacientemente fui preparando bocados más pequeños y poniéndoles en mi boca, desarrollando, ahora yo, una técnica que permitiera que los alimentos tocaran el paladar lo menos posible, y sin hacerlo daño, siguieran su camino. Conseguí terminar la ensalada.

Para terminar pedimos Nestea de durazno para brindar por esa estupenda escalada que acabábamos de realizar. Seis días de estar subiendo y bajando por las rocas, por el granito, llegando a las cumbres y buscando con ansiedad por donde bajar. Seis días de estar, casi todo el tiempo, con el alma apretada porque nada era claro, nada era evidente, porque ese mundo infinito de aristas nos sobrecogía. Porque lo que nos imaginamos hacerlo en tres días se alargó al doble y al ser así hubo que recortar las raciones de comida y de gas. Cinco noches durmiendo a la intemperie, bajo las estrellas, tiritando de frio, pero a cambio, disfrutando de atardeceres y amaneceres preciosos, hablando todas las noches con esa luna llena hermosa que bañó de plata a todas las montañas del sector del Mont Blanc. Cinco noches larguísimas que parecían no acabarse, porque el frio muerde la piel, porque la dureza de la roca hinca los huesos, porque da miedo ver el reloj y confirmar que te equivocaste, que no está por amanecer, que apenas han pasado un par de horas desde la última vez que lo viste. Amanecer, por seis ocasiones, amortiguados, entumidos por el frío, echándote el cuento de que has dormido “aunque sea unas horitas” cuando sabes que eso es una mentira bien barata y que lo que en realidad ha pasado es que te has tumbado al piso a esperar que pasen las horas. Amanecer seis veces y quedarte envuelto en la bolsa de nylon, quietito, a la espera de la voz del primer valiente que diga “bueno chicos hay que levantarse” y no sabes si aplaudir la idea o cabrearte. Seis días intensos jugando a ser funambulistas, en ese circo natural de roca; saltando de una cima a otra, sin red que nos proteja en el vacío.

Con el último trago de té volvimos a celebrar lo logrado. A la Carla y al Topo les brillaban los ojos, les relucía la cara, y en ese resplandor me veía yo mismo reflejado por la felicidad de ser capitán de mi propio barco, de este barco cuyas velas se despliegan por la ilusión de lograr mis sueños.

Cuando llegué al hotel me metí a la cama y enseguida me regodee en la tersura de las sábanas verde agua y el abrigo del edredón blanco que me envolvía, en la seguridad de que esa noche no tiritaría de frío, que no tendría la necesidad de darme masajes en las piernas y que al otro día, aunque no pudiera ver la belleza de un horizonte azul tan amplio, le habré regalado a mi cuerpo calor, abrigo y comodidad. Cosas tan simples como esas.

Para terminar les dejo unos breves datos técnicos, sencillos, para no complicarles, de manera que tengan una mejor idea de la escalada que acabamos de realizar.

La travesía de las Agujas de Chamonix, es un recorrido por una cresta de roca de, más o menos, dos kilómetros de distancia, que comienza en la arista de los Cósmicos y termina con la Aguja de Blaitiere. Todo este conjunto pertenece al área del Mont Blanc Está considerada por el célebre montañista Gastón Rebuffat entre las quince ascensiones más importantes de los Alpes franceses por varias razones: porque es un trayecto largo, comprometido, exigente y que después de haber recorrido el primer tercio las posibilidades de escapatoria son prácticamente nulas, o en helicóptero de rescate o terminando el trayecto. En la escalada se logran 9 cumbres, a saber: Aguja de Midi, Aguja de Plan, Diente de Cocodrilo, Diente de Caimán, Punta Chevalier, Punta Lepiney, Aguja del Loco, Aguja de Cissoux, Aguja de Blaitiere.

Para terminar

Nos hemos tomado unos días de descanso necesario por un lado y obligatorio por otro, porque el clima se ha dañado hasta el próximo martes. A partir de entonces realizaremos la que será nuestra última escalada, Dios mediante, en esta temporada en los Alpes Franceses.

ALGUNAS FOTOS DE LA TRAVESIA DE LAS AGUJAS DE CHAMONIX

Desde Chamonix solo hay que alzar la mirada y uno se encuentra con las Agujas del mismo nombre, esa sierra que va de oriente a occidente recortando el cielo azul del sector del Mont Blanc. La vía que recorrimos va desde la extrema derecha hasta el glaciar de nieve entre el último y penúltimo pico.

Primer día de escalada: En uno de los pasajes verticales de la Arista de los Cósmicos

Primer día de escalada: En uno de los pasajes verticales de la Arista de los Cósmicos

Segundo día de escalada: Atravesando  una de las laderas de nieve que nos lleva de la Aguillie du Midi (Aguja del medio día)  a la Agullie du Plan (Aguja de Plan)

Segundo día de escalada: Atravesando una de las laderas de nieve que nos lleva de la Aguillie du Midi (Aguja del medio día) a la Agullie du Plan (Aguja de Plan)

Final del segundo día escalada: Al pie del XX pasamos nuestra primera noche a la intemperie, que en términos de montaña se conoce como ¨vivac¨.

Final del segundo día escalada: Al pie del XX pasamos nuestra primera noche a la intemperie, que en términos de montaña se conoce como ¨vivac¨.

 Tercer día de escalada: Escalando en el corredor de granito que nos llevo hasta la cima del Diente de Cocodrilo.

Tercer día de escalada: Escalando en el corredor de granito que nos llevo hasta la cima del Diente de Cocodrilo.

A las escaladas verticales se sucedían unos rapeles (descenso por cuerdas) vertiginosos para pasar de una Aguja a otra. Inicio de un rapel en el Diente del Caimán

A las escaladas verticales se sucedían unos rapeles (descenso por cuerdas) vertiginosos para pasar de una Aguja a otra. Inicio de un rapel en el Diente del Caimán

Lo reducido del espacio que disponíamos para la reuniones de seguro se muestra en imágenes como esta. Me acordé de la canción Änother one bite the dust¨

Lo reducido del espacio que disponíamos para la reuniones de seguro se muestra en imágenes como esta. Me acordé de la canción Änother one bite the dust¨

El Topito llegando a la cima de una de las múltiples Agujas, desde allí lanzaremos las cuerdas al vacío para realizar otro descenso y poder alcanzar la Aguja de al frente.

El Topito llegando a la cima de una de las múltiples Agujas, desde allí lanzaremos las cuerdas al vacío para realizar otro descenso y poder alcanzar la Aguja de al frente.

En la cima de la Aguillie du Plan. Hacinados en la minúscula cumbre, extendemos el brazo y nos sacamos un autorretrato.

En la cima de la Aguillie du Plan. Hacinados en la minúscula cumbre, extendemos el brazo y nos sacamos un autorretrato.

Día cuatro: Una de las peores noches de montaña. La tormenta arrancó a las seis de la tarde y nos castigó hasta las seis de la mañana, éramos unos bultos envueltos en la humedad y tiritando de frío. Carla y Topo envueltos en sus bolsas de vivac.

Día cuatro: Una de las peores noches de montaña. La tormenta arrancó a las seis de la tarde y nos castigó hasta las seis de la mañana, éramos unos bultos envueltos en la humedad y tiritando de frío. Carla y Topo envueltos en sus bolsas de vivac.

Día cinco: Después de la tormenta viene la calma. Atravesando a horcajadas un afilada arista de roca. Carla me asegura y yo  ¨monto a caballo¨ para llegar hasta la última Aguja del recorrido.

Día cinco: Después de la tormenta viene la calma. Atravesando a horcajadas un afilada arista de roca. Carla me asegura y yo ¨monto a caballo¨ para llegar hasta la última Aguja del recorrido.

Día seis: En el penúltimo rapel que nos dejará en el Glaciar de Nantillons

Día seis: En el penúltimo rapel que nos dejará en el Glaciar de Nantillons

 

Hasta tanto les dejamos un cálido abrazo quienes hacemos SOMOS ECUADOR

Afectuosamente,

Iván Vallejo Ricaurte

SOMOS ECUADOR

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COMPLETANDO LA ESCALADA

La Pirámide. Huaraz, Perú

Un cariñoso saludo desde el aeropuerto de Lima.

Aquí me encuentro, con mi hija Kamila, intentando desde ayer volar hacia el Cusco, sin mayor suerte. Parece ser que el mal clima y las fuertes lluvias en la zona sur oriental del Perú han dificultado el desarrollo normal de los horarios de vuelo. Esto de viajar, por las razones que fueren: deportivas, turismo, trabajo, etc., requiere siempre de una alta dosis de paciencia y adaptabilidad, por los inconvenientes que pueden surgir y con ello echar al traste los planes previamente programados para uno u otro evento. En el caso nuestro, los montañistas debemos lidiar muchas veces con el inconveniente del mal clima, y si puede haber algo que resulte tremendamente frustrante es que falle un proyecto por causas de terceros. Esta amarga sensación la he debido vivir en muchas ocasiones, pero no me queda ninguna duda de que las lecciones aprendidas en cada uno de esos sinsabores han aportado mucho en mi vida, personal y deportiva.

La ventaja de la espera de ahora es que me permite hacer un paréntesis y poder escribir la crónica que estaba pendiente sobre nuestro regreso, a completar lo que nos faltaba, en la escalada a la Pirámide.

Esta es la historia.

Inicio esta crónica con un comentario que hice la última vez, al anotar que retomar un proyecto en el que se ha fracasado es, sobre todo, un ejercicio de humildad. Y en nuestro caso esto pasa porque al habernos faltado 180 metros para completar la escalada de la Pirámide, en el siguiente intento no es que por un acto de magia llegamos directamente al sitio abandonado la última vez y desde allí retomamos solamente los metros faltantes. No. ¿Qué va? Ya quisiéramos que fuera así.

Hay que volver a hacerlo todo, desde el principio: las compras en el mercado y en el supermercado, contratar el transporte, preparar las mochilas y enchufarse las tres horas del camino de polvo hasta llegar a la Laguna de Parón. En todo caso, todo este proceso logístico por ser físico es fácilmente replicable, al que hay que ponerle mucha atención es al proceso emocional, me refiero con esto a que también hay que rehacer el entusiasmo y las ganas auténticas de volver a escalar una montaña, donde antes se ha fracasado. Aquí está la clave, desde mi punto de vista, para un segundo intento.

Ventajosamente la reunión tenida inmediatamente después del primer intento fue muy valiosa y todos quedamos, sobre todo, entusiasmados por el regreso.

Miércoles 15 de junio, Laguna de Parón

Si de algo se precia el clima de la Cordillera Blanca es de ser muy estable, lo cual significa días con cielo azul y buenas condiciones, pero hoy que nos bajamos del transporte, parece mentira, el cielo está muy cubierto y hay una carga importante de nubes justo encima de la Pirámide, se completa el panorama con el viento que sopla y nos obliga a ponernos chaqueta para realizar el acercamiento hasta el Campo Base de la Pirámide.

Mientras voy caminando por el borde de la laguna se me pone la piel de gallina al pensar que podríamos fracasar por segunda vez si el clima se estropea. Echo mano del optimismo que me precio de tenerlo, casi siempre, y conjuro las dudas. Me sumerjo en la música del Ipod y me ilusiono cuando escucho Valicha , de Raymi Sessions , un huaynito peruano, recontra clásico, que lo bailé por primera vez en 1988 aquí en Huaraz precisamente. Hoy, Janio Cuadros ha hecho una excelente versión chill out de ese y otros temas andinos, clásicos peruanos. Mientras repito Valicha varias veces, me imagino bailando nuevamente el próximo sábado, en el Tambo, en Huaraz, celebrando la cima de la Pirámide.

Lo que tenemos alrededor nuestro es una hemorragia de luz de plata iluminando las cimas de la quebrada de Parón

Lo que tenemos alrededor nuestro es una hemorragia de luz de plata iluminando las cimas de la quebrada de Parón

 

Jueves 16 de junio

Parece ser que mientras dormíamos, al menor descuido, las nubes desalojaron furtivamente a la invitada de la noche y ahora que nos despertamos el cielo vuelve a estar cubierto, y hoy más que ayer. Me vuelven las dudas, pero me las callo, me las guardo, en la total seguridad de que el ánimo de mis compañeros es lo suficientemente fuerte e intenso para disipar mis propias nubes.

Después de almorzar el arroz chaufa que hemos traído desde Huaraz, nos quedamos listos para la siesta. Nos metemos a la tienda con esa intención, pero yo no logro pegar el ojo porque la verdad….estoy preocupado, las nubes están más cargadas y justo encima de la Pirámide. Hace más viento y para colmo, empieza una ligera nevada. Intento leer uno de los cuentos escogidos por Sábato y no me concentro. Las sacudidas del viento a la tela de la tienda me recuerdan que afuera las cosas no son perfectas. A ratos me dan ganas de comentar con los chicos la idea de aplazar la escalada, pero eso sería casi imposible porque hemos ordenado para el sábado el transporte, los porteadores y, sobre todo, porque la comida está calculada para los día exactos. Vuelvo una vez más sobre varios recursos que suelo usar en estos momentos para no perder el entusiasmo y me sostengo en ellos. Quiero bailar la Valicha en el Tambo.

22h30

Suena el despertador. La Carlita tampoco ha dormido, el Topito en cambio, como un bebé, y como siempre. Abro enseguida la tienda para ver el clima y el panorama es triste, la Pirámide está completamente cubierta, hace viento y de vez en cuando vienen unas ráfagas de nieve. Pero la suerte está echada.

El Topito desayuna doble ración de avena, Carla y yo Milo con leche que remojando el pan nos queda buenísimo. El Ossy y su esposa Ámber están en la otra tienda.

Vestidos y equipados afuera de la tienda, es evidente que no tenemos los mismos ánimos de la última vez. No hay duda que hace una gran diferencia entre escalar bajo un cielo estrellado o bajo uno oscuro y con nubes, como es ahora nuestro caso, y que además, empieza a nevar.

Nos despedimos de Ámber y en la seguridad de que bajaremos cansados y con hambre, Dios mediante después de haber completado la escalada, le pedimos que nos tenga una sopa calientita, como la última vez.

Mientras cruzamos el glaciar recorriendo nuestras mismas huellas de hace siete días, no termino de encontrar la motivación suficiente para animarme y subir con el entusiasmo que suelo hacerlo. Recurrentemente se me cruza la idea de la posibilidad de no lograr escalar la Pirámide porque el clima se termine de estropear y se nos agüe la fiesta. Estos estados en los que no cuento con el ánimo suficiente para prenderme del todo, para gozarla al máximo, siempre me incomodan y no porque me moleste aceptar el hecho de no estar siempre optimista. No, por ahí no va lo mío. Va porque este estado pendejo me impide disfrutar de lo que estoy haciendo. Y si uno no goza lo que está haciendo, entonces ¿para qué hacerlo? Metido en esas divagaciones, providencialmente sale al escenario, desde el Ipod, Pastillas para no soñar de Joaquín Sabina y me llega perfecta esa parte que dice: Si lo que quieres es vivir cien años, vacúnate contra el azar, deja pasar la tentación…y si protesta el corazón, en la farmacia puedes preguntar: ¿tiene pastillas para no soñar?

Caigo en cuenta entonces que este azar de no saber si con este clima llegaremos o no a completar la escalada, es lo que está anulando mi entusiasmo. Como no hay farmacia cerca y tampoco quiero comprar esas pastillas para no soñar , decido cambiarme el chip y a pesar de la nevada comienzo a soñar en que llegaremos a la cima, que bajaremos con bien y lo celebraremos como es debido bailando la Valicha en el Tambo.

A las 4 y 30 de la mañana llegamos al inicio de la parte más vertical de la escalada.

Teniendo en cuenta que toda la escalada son quince largos, de 60 metros cada uno, democráticamente decidimos que los cinco primeros serán míos, los siguientes del Ossy y los finales del Topito.

Comienzo mis cinco largos.

Sin ninguna duda, ir de primero de cordada es uno de los mejores placeres que otorga la escalada, ahí se mezclan varias sensaciones: el temor al camino desconocido, el miedo a caerse, el recelo a equivocarse y sobre todo la adrenalina, la harta adrenalina que corre por las venas cuando uno entra en ese trance.

Mientras escalo esos largos apoyado por mis compañeros, confirmo que esta vida, con estos eventos de incomodidad, de inseguridad y que tienen siempre una cuota de riesgo, es la que me gusta, y que con las limitaciones que tengo, estoy hecho para esto.

Termino mi sección y el tiempo ha pasado volando. Son las nueve de la mañana, hace frío, sigue nevando, sopla el viento y lo más complicado es que a través del corredor de hielo que estamos metidos se canaliza toda la nieve que cae desde arriba y se forman unas mini avalanchas que nos empapan por completo y quedamos con una pinta de escaladores en pleno invierno, que para motivos fotográficos quedamos de calendario.

Hace frío, sigue nevando y por donde estamos escalando se canaliza toda la nieve que cae desde arriba. Quedamos con una pinta de escaladores en pleno invierno.

Hace frío, sigue nevando y por donde estamos escalando se canaliza toda la nieve que cae desde arriba. Quedamos con una pinta de escaladores en pleno invierno.

 

El turno del Ossy. Me acuerdo muy bien como disfrute de ver los largos que hizo la vez anterior, escalando pausado, seguro y muy cuidadoso en las reuniones. Hoy apenas si logramos verlo, el sube por encima nuestro y su figura es un amasijo informe de torbellinos de nieve polvo que en su ejercicio de ir ascendiendo nos arroja desde arriba más nieve y más hielo con lo cual todos quedamos cubiertos de blanco y muertos de frío.

A las doce del medio día Ossy termina su sección y a pesar de las malas condiciones celebramos emocionados porque estamos en el punto exacto donde nos volvimos la vez pasada, con el detalle que hace 8 días en este mismo lugar eran las cinco y media de la tarde, y ahora es medio día. Es decir, vamos con cinco horas de ventaja. En las condiciones más extremas y complicadas que ustedes se puedan imaginar el Ossy debe ir al baño, y lo debe hacer en una pendiente de 75 grados cubierta de hielo, con viento desde abajo y con nieve desde arriba. La verdad, pienso, debe encantarle este deporte para aceptar semejantes condiciones para hacer algo tan trivial como ir al baño.

Vamos ya diez horas escalando en las mismas condiciones: mucho frío, mojados, nevando y con la exigencia adicional de la escalada. Sin embargo ánimo y alegría no nos falta.

Vamos ya diez horas escalando en las mismas condiciones: mucho frío, mojados, nevando y con la exigencia adicional de la escalada. Sin embargo ánimo y alegría no nos falta.

 

Viene el turno del Topito

Haciendo los cálculos más pesimistas calculamos que a las tres y media habremos terminado la escalada.

Arranca a escalar el Topo y los dos primeros largos los resuelve con la maestría y la elegancia que le caracteriza, haciendo parecer sencillo lo que en realidad es complicado.

Al tercer largo las cosas se complican, nieva con más fuerza y el hielo con el que tiene que negociar es de mala calidad, con mucho aire lo cual impide fijar seguros de confiar, y cuando no encuentra hielo le toca nadar, literal, en una colada de nieve donde es impensable poner un seguro. El tercer largo del Topacio se nos hace eterno mientras esperamos en la estación. Ya no sabemos cómo colocar los pies por la verticalidad del hielo y la incomodidad. Nos imaginamos que está en problemas por el tiempo que necesita para cubrir sus 60 metros. Desde arriba nos cae de todo, hielo y nieve en todas las formas, tamaños y cantidades. Nosotros tres acurrucados, con el lomo doblado aguantando las avalanchas de nieve y hielo. Finalmente nos da la orden de que podemos subir y cuando me llega el turno de recorrer el canalón compruebo con espanto que estamos sobre un hielo de llorar y en una pendiente de 75 grados, se me ocurre pensar: puta, si nos resbalamos uno de nosotros, los cuatro vamos a parar de una a la Laguna de Parón….con lo fría que ha de estar el agua a estas horas….jejeje

Cuando llego a la reunión le abrazo al Topito para felicitarle por semejante largo de terror que acaba de pegarse. Por fin se ve desde allí la salida a la cima. Al fin, al fin, pero el clima para peor. Va por su nuevo largo y al pobre le toca nuevamente nadar en una nieve malísima, sin sitios donde poner seguros, pero ventajosamente la pendiente nos da respiro. Una cosa por otra.

Cerca de llegar al final el clima se pone peor. Carla en medio de la nevada llegando a la arista final

Cerca de llegar al final el clima se pone peor. Carla en medio de la nevada llegando a la arista final

 

A las cinco y media de la tarde, por fin, terminamos la escalada que quedó pendiente hace ocho días. El punto más alto de la cima está a unos diez metros por encima de nosotros. El Topito nada, navega, se arrastra y lo hace sin mayor suerte comprobando que es imposible llegar al punto más alto. Por unanimidad decidimos que esa es nuestra cima de la Pirámide, son las seis de la tarde, hemos logrado escalar los mil metros de desnivel que dejamos pendientes hace una semana. Nos tomamos dos fotos empapados de nieve, un abrazo afectuoso con dejo de preocupación, nos cambiamos de guantes y repasamos con todo cuidado todo lo que debemos hacer para descender. Nos esperan, por lo menos, seis horas más de trabajo antes de llegar a nuestra s carpitas en el Campo Base.

A veces mis amigos me dicen que llegar a la cima de una montaña debe ser un momento maravilloso. No siempre, les respondo yo, siendo consecuente con momentos como estos en el que después de diecisiete horas de jornada, empapados y con frío tenemos que pensar en el descenso, porque la verdadera cima, está abajo en el Campo Base.

A las cinco y media de la tarde, por fin,   terminamos la escalada que quedó pendiente hace ocho días.

A las cinco y media de la tarde, por fin, terminamos la escalada que quedó pendiente hace ocho días.

 

El primer rapel está instalado a las seis y cuarto de la tarde y a partir de allí en un ejercicio contínuo de buscar el lugar adecuado para fijar un seguro, confiar en él, lanzar las cuerdas por los aires y luego bajar por ellas. Nos dan las once de la noche, cuando llegamos al último descenso y estamos a buen recaudo pudiendo considerar que hemos escalado la Pirámide

El torrente de adrenalina desaparece, por fin nos podemos relajar y nos abrazamos para celebrar esta escalada preciosa. Este si es el abrazo de la celebración.

Mientras cruzamos el glaciar hasta llegar a nuestras tiendas, de repente, me aquejan todos los males: tengo hambre, me duelen mucho los pies (por las diecisiete horas de posición incomoda mientras escalabámos) y estoy cansado. No sé cuál de las tres necesidades tienes mayor urgencia. No sé si tirarme al piso para descansar, apurar el paso para llegar al campamento y tomar sopita o sacarme las botas en medio de la nieve y darme masajes en los pies. Humildemente entiendo que no tengo derecho a ninguna de las opciones, lo que me queda es descender pacientemente hasta el campamento y cuando llegué allá deshacerme de las botas y luego a abrazar a Ámber por gratitud, por la compañía y la sopa que nos tendrá preparada. Mañana cuando llegue a Huaraz, tendré otro tipo de cansancio, pero nada que no se pueda arreglar con una ducha calentita, una sopa criolla con causa huarazina en el Asadero, y con el primer sorbo de una Cuzqueña.

Después nos iremos al Tambo.

Si mañana en el Tambo bailaré la Valicha

Al día siguiente. Con la alegría de los deberes hechos, de noche iremos al Tambo.

Al día siguiente. Con la alegría de los deberes hechos, de noche iremos al Tambo.

 

Afectuosamente,

Ivan Vallejo Ricaurte

EXPEDICIONARIO

 


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El precio de los errores

Huaraz, 14 de junio de 2011

Cuando uno es niño y está dando los primeros pasos en el propósito de aprender a dibujar, hay ciertos casos que en ese ejercicio, resultan inolvidables para el ser humano, por la sencillez del dibujo y por el significado del mismo. Por ejemplo, todos estarán de acuerdo conmigo que dibujar un barco es un ejercicio muy sencillo, porque la nave en cuestión está hecha de un trapecio invertido y encima de éste se coloca un triángulo pequeñito que se constituye en velamen de la embarcación. Luego, cuando viene la lección de los números nos dicen que escribir el veintidós es de lo más sencillo, pues solo tenemos que pensar que se trata de dos patitos que están navegando juntos. Con recomendación semejante nadie puede olvidarse como se escribe, o como se dibuja, el 22. Y el otro caso, que para mí fue muy importante, cuando la maestra me enseñó como dibujar una montaña. Eso me resultó de lo más natural pues se trataba únicamente de un triángulo, sin base, con su vértice apuntando hacia arriba y zan se acabó. Para adornar un poco la figura, la maestra nos sugería que en la parte superior del triángulo de marras dibujáramos una especie de sierra, o zigzag, para simular que ese era el límite de la nieve.

Todo este cuento, o prólogo, que les he echado, ha sido para decirles que si en el mundo existe una montaña que se acerque a esa forma que aprendimos a dibujar de niños, está aquí en la Cordillera Blanca y se llama Pirámide. Se podrán imaginar que no debió de haber un mayor esfuerzo de creatividad para escoger el nombre de esta preciosa montaña

La Pirámide Huaraz, Perú

La Pirámide Huaraz, Perú

No debió de haber un mayor esfuerzo de creatividad para escoger el nombre de esta preciosa montaña. La Pirámide es una montaña de 5885 m que se yergue magnífica al fondo de la Laguna de Parón en la quebrada del mismo nombre, aquí en la Cordillera Blanca.

La primera vez que tuve conocimiento de ella fue en 1988, cuando junto con mi querido amigo Willie Navarrete planificábamos nuestro primer viaje internacional con destino a la Cordillera Blanca. Fue solamente llegar a la Laguna de Parón y entender que semejante objetivo rebasaba con creses la modesta experiencia que teníamos en nuestras montañas ecuatorianas. En esa ocasión nos contentamos con el Artesonraju y el Alpamayo, pero de vuelta me lleve una postal con la Pirámide luciendo su estética figura por encima del turquesa de las aguas de Parón. Hoy veintitrés años más tarde he tenido la suerte de regresar a esta misma cordillera, soñando con la cumbre de la Pirámide.

Cuando me bajé del taxi que nos llevó hasta Parón me encontré nuevamente con la misma figura que hace varios años me dejó sin habla. Lucía el mismo vestido blanco, reluciente y luminoso.Parece ser, ventajosamente, que el calentamiento global no le ha resecado la piel y se sigue manteniendo bella con el glamur de siempre.

Pero esa misma belleza y glamur no sirven para disimular, en absoluto, lo soberbia que es la figura de la montaña, en ese acto medio absurdo de querer desafiar la ley de la gravedad y apuntar el extremo de esa flecha de cristal hacia el azul infinito de la Cordillera Blanca.

Viernes 10 de Junio

A las dos de la mañana nos despedimos de Ámber, hacemos una oración tomándonos de las manos y dejamos el Campamento Base.

Ascender con la luz de las linternas, sin tener conocimiento previo del camino por recorrer, es una cuestión de inspiración. Pero en la mayoría de los casos, cuando la necedad está de por medio, la inspiración jamás puede sentirse invitada. En la guía que habíamos consultado, claramente decía que el ingreso hacia el pie de la pared iba por la parte superior de una inmensa pared de granito. De primera mano y con la mayor buena fe habíamos recibido la información de que también se podía entrar por la parte inferior de la pared en cuestión, y que además el recorrido resultaba más corto.

Que equivocación la nuestra.

Nos metimos en un berenjenal de grietas, cada dos por tres desandando lo andado, buscando en medio de la oscuridad por donde cruzar los mencionados abismos. Ventajosamente nuestra necedad si tuvo límites, a la hora y media de andar divagando en la penumbra entendimos que el camino de ingreso era, efectivamente, por encima de la pared de granito.

Entres estas y las otras, perdimos dos horas y media. Este fue el primer error. A las cuatro y media de la mañana llegamos al pie de la pared. Por encima de nosotros teníamos una tapia de hielo de mil metros de desnivel de la cual, ventajosamente por la oscuridad, no podíamos saber lo vertiginosa que iba a resultar. A partir de entonces tuvo lugar una escalada maravillosa, en condiciones inmejorables, en todos los sentidos.

El equipo: El Topito y el Ossy abriendo la vía con una elegancia y una maestría excepcionales, donde claramente uno entiende esa bellísima sensación que es estar como pez en el agua. La Carlota, el Frank y este servidor en el trabajo de apoyo, sintiéndonos felices de estar donde estamos y con quienes estamos

El escenario: Un conjunto de montañas preciosas alrededor nuestro: Huascarán, Huandoy, Pisco, La Esfinge, Caraz.

Las circunstancias: El hielo y la nieve de condiciones inmejorables, siendo hasta un poco cómplices con nosotros para ahogar, en algo, la verticalidad de esa inmensa pared de hielo.

En ese ejercicio de ir, humildemente, ganándole partido a la ley de la gravedad las horas pasaron volando y nosotros muertos de frío. Al tratarse de una pared orientada hacia el oeste tuvimos apenas cuatro horas de abrigo, y cuando nos disponíamos a despojarnos de una de las chaquetas, nuevamente la pared se sumió en la sombra y cada espera en los relevos de escalada se hizo eterna. Por otro lado, con tanta verticalidad no había manera de asentar toda la planta del pie y así pasamos durante trece horas negociando entre el dolor y la incomodidad de los pies.

El hielo y la nieve de condiciones inmejorables, siendo hasta un poco cómplices con nosotros para ahogar, en algo, la verticalidad de esa inmensa pared de hielo.

El hielo y la nieve de condiciones inmejorables, siendo hasta un poco cómplices con nosotros para ahogar, en algo, la verticalidad de esa inmensa pared de hielo.

Finalmente a las cinco y media de la tarde el altímetro marcaba 5 710 m estábamos muy cerca de la cima. Debíamos escoger el canalón final que nos llevaría a la cima de la Pirámide. Desafortunadamente desde el sitio que estábamos, tener la apreciación correcta era muy difícil. Apelando al sentido común, y quizás a la inspiración, elegimos el canalón derecho. El Topito se lanzó a escalar por dicho corredor y al terminar los 60 metros de cuerda nos decía, desde arriba, que desde allí no había salida!!!!!!!

Sin perder la calma se me ocurrió proponer, como en la mañana, desandar lo andado y cruzarnos hasta el canalón correcto. Lo hicimos. Tomé la punta y ascendí por donde debía ser desde un inicio, puse un par de seguros para fijar una estación, pero en todo este trámite habíamos perdido una hora y media. Eran cerca de las siete de la noche, nos moríamos de frio y nos teníamos los recursos para poder pasar una noche al raso, a la intemperie.

Tomé una última foto para registrar el sitio al que habíamos llegado y con todo el dolor que significa bajarse de una montaña, después de casi 15 horas de escalada, a escasos 170 metros de la cima, empezamos a bajar.

Esos puntitos somos nosotros, a 180 metros de la cima, desde allí nos regresamos

Esos puntitos somos nosotros, a 180 metros de la cima, desde allí nos regresamos

A las dos de la mañana, apenados, tristes, cansados y frustrados llegamos a nuestras tiendas del Campo Base. La sopa que Ámber nos tenía preparada desde la tarde fue un ligero bálsamo para el hambre, el cansancio y la pena.

Situaciones como éstas, de quedarse a un tris, de lograr el objetivo, con frecuencia suceden en la vida

Que es frustrante. Que es desmoralizador. Que entristece. Sin ninguna duda. Y más aún, en nuestro caso, cuando hemos fallado porque NOSOTROS NOS EQUIVOCAMOS.

De regreso a Huaraz, lamiéndome las heridas en el taxi, me prometí que jamás volvería a intentar esa montaña, como queriendo disfrazar mis propios errores en una especia de ingratitud de la montaña. Apenas hubo señal le envíe un mensaje a Kamila, mi hija. El diálogo con el que nos escribimos fue este

- Hijita acabo de bajar de la montaña, estamos tristes, porque por un error que cometimos nos quedamos a 180 metros de la cima.

- Noooo, en serio Pa, que pena

- Estoy muy triste, las condiciones eran perfectas, el error fue nuestro. Ya me ha de pasar. Tal vez regrese antes a Quito

- Chuta Pa y ¿por qué no intentan otra vez? Ya no hay chance? No vale que se regresen así

Cuando leí este último mensaje de mi hija que ha crecido con mis historias de logros y fracasos deportivos, que me ha visto armar y desarmar mochilas, que me ha visto volver de la montaña con luz o con tristeza, entendí que el malestar por el error y el revés que acabábamos de vivir me estaba llevando a perder la verdadera perspectiva de la situación. Sabido es que la peor decisión se la toma cuando uno está enojado, frustrado o cansado. Ese era mi caso

Esa noche llegamos a Huaraz muertos de hambre y cansancio. Para lo primero, comimos como en una bacanal romana. Para lo segundo, dormimos casi doce horas.

La mañana del domingo, después de un desayuno abundante, nos sentamos bajo el cielo azul y el sol intenso de Huaraz a tratar lo que había sucedido. Para todos estaba muy claro que hubieron dos grandes errores que nos llevaron a no poder lograr la cima de la Pirámide.

Después de dos horas de una reunión valiosísima, tomamos la decisión, que creo todos llevábamos en nuestro fuero interno, volver a intentar la cima de la Pirámide

El día de mañana a las siete, dejamos Huaraz para volver a intentar la cumbre de la Pirámide.

Volver a intentar la cima de una montaña cuando se ha estado muy cerca, creo, sobre todo, que es un ejercicio de humildad. Porque no se trata de una nueva aventura, de una nueva montaña, de un nuevo reto. No, para nada. Se trata de volver a recorrer el mismo camino, con la misma ilusión, el mismo cuidado, el mismo compromiso, en la esperanza de que, Dios mediante, las condiciones sigan estupendas y nosotros, a partir de corregir nuestras equivocaciones, podamos llegar a la cima.

Dios mediante estaremos de vuelta el sábado por la noche. Ojalá para contarles que hemos podido completar esos 180 metros que nos separaron de la cima. En lo personal, teniendo en cuenta que en Ecuador el próximo domingo es el día del padre, esta ascensión les dedico a mis dos hijos preciosos Andy y Kamila.

La línea roja indica el sitio al que llegamos. La línea amarilla es el trayecto que debíamos haber seguido

La línea roja indica el sitio al que llegamos. La línea amarilla es el trayecto que debíamos haber seguido

Desde Huaraz, les envío un abrazo muy cariñoso.

Iván Vallejo Ricaurte

EXPEDICIONARIO-SOMOS ECUADOR

Nunca es tarde cuando hay ilusión por los sueños

Queridos amigos del Ecuador y del mundo

La última vez que escribí para ustedes lo hice desde Suesca (Colombia) antes de salir hacia la Sierra del Cocuy. Hoy lo hago de camino a las Dolomitas, ese lugar emblemático de las montañas de Italia, lugar al que sido invitado por dos razones: para escalar en dichas montañas y para aprender a esquiar.

Si, así como lo leen, para aprender a esquiar, a mis cincuenta y un  tacos, como diría Sabina.

Como es de entender, la actividad de la montaña siempre ha estado ligada al esquí, fundamentalmente porque el escenario es el mismo.

Desde niño siempre soñé con esquiar. Me he imaginado que es una forma deportivamente preciosa de libertad, una especial manera de volar en la montaña. Cuando el ejercicio de ascenderla es más bien un acto de sumisión hacia ella, y más aún cuando se trata de montañas muy altas donde escasea el oxígeno, y ese es el mejor lugar para sentirse inútil y esclavo de la propia insuficiencia. Esquiar, se me antoja, como todo lo opuesto.

Por esta ilusión  mía por esquiar, cuando todavía era un adolescente, pedí como regalo de cumpleaños el afiche de un esquiador que lo exponían en la vitrina de la Librería Futuro, en su momento la más importante y la más grande de mi ciudad natal, Ambato. Hice enmarcar el afiche de marras y lo colgué en la modesta sala de mi casa, de manera que siempre podía verlo, cuando entraba y cuando salía. Allí aparecía el deportista que vestía un traje de color azul pastel y unas gafas amarillas grandes, haciendo una pirueta para poder sortear  las banderas de la pista. Al pie del afiche decía: Gustavo Thoeni. Italy.

En diversas ocasiones cuando bajaba corriendo por los arenales de la que fue mi colina de entrenamientos, el Casigana, en Ambato; soñaba que yo era el mismo Thoeni, haciendo cabriolas entre la arena y los arbustos. Aquellos alocados descensos, fue lo más cercano a esquiar que pude hacer cuando fui un adolescente.

Como es sabido, en nuestro andes ecuatorianos difícilmente se puede aprender a esquiar porque la pendiente no es la idónea y porque no hay las condiciones para ello, solamente los más versados, que han aprendido a hacerlo en otro lugar, han realizado descensos en las montañas ecuatorianas. Yo mismo tuve la suerte, en 1991, de ser el guía de un famoso esquiador japonés, Yoshimasa Wada,  quien se bajó en esquís desde la cima del Chimborazo. Con la forma de ser muy respetuosa de los japoneses, Wada me presentó un video en donde se mostraba descendiendo en esquís desde la cima del Matterhorn o Cervino, en Suiza!!!!! Cuando terminé de ver el video, Yoshimasa me preguntó con sincera humildad ¿Crees que pueda bajar el Chimborazo? Yo le respondí entornando los ojos y dejándolos completamente blancos, como bola e’ naftalina, como diría Juan Luis Guerra.

Para quienes no tienen una idea muy clara de la montaña, pinchen en Google, Matterhorn o Cervino, miren de lo que se trata el Matterhorn y me cuentan.

A lo que iba.

Han pasado muchos años, he tenido la suerte, gracias a Dios, de escalar muchas montañas, pero siempre estuvo esta asignatura pendiente: aprender a esquiar. Como la vida es tan generosa, hoy me ha llegado esta invitación que me va a permitir, ojala, cumplir uno de los grandes sueños de mi vida.

Esta crónica que les escribo no persigue, en lo absoluto, hacer ostentación de la actividad que voy a realizar. Para nada. Me he decidido escribirla por compartir con ustedes ese lindo regalo que nos debemos dar siempre los seres humanos: seguir soñando y permitirnos la opción de continuar ilusionados por aprender.

Supongo que es distinto aprender a esquiar a los quince años de edad, o mejor aún a los cuatro o cinco como sucede aquí en los Alpes. Pero no, ahora lo que hay son cincuenta y uno, vividos con pasión e intensidad.

Seguramente me tocará negociar con el problema de mí espalda, fruto del grave accidente que sufrí en el año ochenta y ocho, al caerme en una grieta en el Chimborazo.

Seguramente  veré con celos la agilidad y la prestancia con la que unos niños de ocho años, o menos, pasaran por mi lado haciendo gala de lo que es saber esquiar.

Seguramente las primeras veces frenaré en las pendientes con la cara, la nariz o los codos, en lugar de hacer correctamente la cuña.

Seguramente me tomará el doble o el triple de tiempo para aprender, pero no tengo apuro, lo que tengo es ilusión y entusiasmo, lo que me sobra es sonrisa, para reírme de mi mismo cuando ruede por los suelos en mi afán por cumplir mi sueño de aprender a esquiar.

No pretendo emular a Thoeni (uno de los héroes en mi adolescencia), peor a Wada. Solo pretendo darme el regalo de ponerme los esquís y confirmar que una forma de libertad es poder seguir cumpliendo sueños y cuando pueda, por fin, dar el primer giro sin irme de bruces y grite de emoción, ratificaré que continuar dejándose sorprender y reírse de uno mismo, como un niño, sigue siendo válido a cualquier edad.

Para terminar.

La actividad que realizamos en Colombia como parte del PROYECTO SOMOS ECUADOR, el Topo, la Carlita y este servidor, acompañados de mi querido amigo colombiano Fernando González-Rubio (Fercho), fue muy gratificante. Subimos al Ritacuba Central por una vía que no se lo había hecho desde hace más de seis años. Luego nos fuimos al Cóncavo, en el lado Sur de la Sierra del Cocuy y logramos abrir una vía nueva a través de un paredón vertical de 300 metros de desnivel. A dicho recorrido lo bautizamos con el particular nombre de “Ajiaco de Cuy”, como referencia a que esta escalada la realizamos tres ecuatorianos y un hermano colombiano. El pegue final lo hicimos escalando ese monolito precioso del Púlpito del Diablo, escalada corta, de apenas dos largos y medio, pero con un escenario y una verticalidad inmejorables.

Hermosa la Sierra del Cocuy, hermosas las ascensiones, pero tanto como eso, la hospitalidad y el cariño de mi hermano de montaña Fercho, en particular,  y de los hermanos colombianos, en general, que tuvieron la bondad de ser nuestros anfitriones

Un abrazo grande y nuestra gratitud para ellos

Les incluyo unas fotitos de aquellas escaladas.

Un fraterno abrazo para todos ustedes.

Gusanito

Topito

Disfrutando de un quesito Gruyere

Queridos amigos del Ecuador y del mundo

El día de ayer jueves 3 de febrero hemos disfrutado intensamente de este paraíso de la escalada, Las Rocas de Suesca, como se le conoce a este parque natural ubicado a 60 km al norte de Bogotá. Este conjunto rocoso que tiene una longitud aproximada de cuatro kilómetros, se encuentre al pie del valle de Suesca y a escasos metros del recorrido sinuoso del río Bogotá.

Podría sonar a lugar común la palabra ?paraíso?, y si así fuera, en este caso sería disculpado, porque efectivamente lo es por las razones que a continuación expongo.

El entorno en el que se halla. Todas sus tapias dominando el verde de las fincas y la vida que discurre a su alrededor.

La facilidad de acceso. Apenas a treinta minutos a pie, desde la plaza principal.

La calidad de la roca, lo más importante para nosotros. Las murallas de Suesca son de arenisca de excelente calidad con la particularidad de que en varios pasajes se pueden encontrar franjas rocosas cuya piel es similar a la de un queso gruyere, es decir con agujeros aquí y allá, que resultan ser una bendición cuando después de un pasaje de escalada en roca lisa, con la exigencia que eso representa, uno se encuentra con los orificios de los ?quesitos? para respirar aliviado, pues los agarres para pies y manos son más evidentes y eso brinda mayor seguridad.

Acompañados de Rafael un muchachito paisa de diecinueve años que abandonó su Medellín natal para estar cerca de las rocas de Suesca y así poder darle forma al sueño de su vida: formarse como escalador y ser guía de montaña, integramos dos cordadas para la escalada. Carla y Topo en la una, Rafael y este servidor en la otra. Rafael es un jovencito con cara de niño con sus chispeantes ojos que no ocultan ni un ápice la felicidad que siente por estar viviendo cerca de un año y medio en este parque de rocas donde, como un niño que disfruta con su juguete más preciado, el lo hace acariciando la rugosa piel de las rocas de Suesca, jugando a llegar a lo más alto de cada recorrido y de cada pared. El es uno de tres hermanos, el mayor, que por esa Ley del Sincronismo tuvo la suerte de conocer a José Luis ?El Flaco?, gran escalador de Suesca de las primeras generaciones, quien tiene dos oficios: Ser fabricante de zapatos de escalada y Ser feliz, en la medida de lo posible, todos los días de la vida. Buena dupla han hecho este par, El Flaco en su modo zen, fumándose unos porros a media mañana para inspirarse mirando al valle y las rocas de Suesca, que las tiene en sus narices, y así imaginarse los nuevos modelos de zapato escalada. Y por otro lado el Rafa que con su entusiasmo y dedicación cuida la tienda y asiste a su mecenas.

El día de ayer escalamos tres vías, La Diagonal, La Paralela y El Vuelo de la Abeja.

Esto de los nombres en los lugares de escalada es un capítulo aparte en este oficio. Quien o quienes hayan sido los primeros conquistadores de la ruta en cuestión tienen plena potestad para la elección del nombre y el correspondiente bautizo. He sabido de nombres de lo más curiosos y lo mas sui géneris, como por ejemplo: Nos vemos en el paraíso, Orgullo gay, Ojo crítico, Todas son unas brujas. O nombres con más recato como: Eternal Flame, Electroquímica, Electroshock o Fiebre de Sábado por la noche.

Con este antecedente las tres vías que hemos escalado ayer no ofrecen mayor sorpresa y quizás no mayor creatividad, pues la Diagonal y la Paralela, son eso, un ascenso en diagonal y otro en paralelo a una fisura de gran tamaño. La del Vuelo de la abeja, nombre con mayor encanto, lo entendimos muy bien cuando el Topito en sus tres dedicados intentos por superar un techo a veinte metros del suelo, voló tres veces por la dificultad del pasaje, claro está que el vuelo, del Topito no de la abeja, fue de un par de metros nada más, gracias a los seguros que el mismo había colocado antes.

Las tres vías fueron un goce completo en medio un escenario magnífico, con un sol precioso y el vacío a nuestros pies permitiéndonos ver el verde fresco del valle de Suesca.

Terminamos de escalar a las siete de la noche entendiendo muy bien que a los mosquitos de Suesca les vale madre el repelente hecho en Ecuador. Cosa que me costó entender, por qué en este mundo globalizado los mosquitos de Colombia y Ecuador, no se adaptan a ese ejercicio, se anulan de común acuerdo y nos dejan de joder de una buena vez; y si no que nos pregunten a la Carlita y a mí, que a pretexto de nuestra sangre dulce hoy mostramos las huellas del sutil vampirismo de los otros habitantes del Valle de Suesca.

En unos minutos más salimos para escalar otras rutas en esas bellas paredes. El día de mañana sábado salimos ya para la Sierra del Cocuy, a partir de entonces no volveré a comunicarme hasta la próxima semana, cuando pueda contarles, Dios mediante, acerca de las montañas que hemos escalado en esa región.

Les dejo unas fotos para recrear esta crónica y un cálido abrazo con gran afecto.

Los escaladores En el vuelo de la Abeja

Iván Vallejo Ricaurte

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Escalando en las paredes de Suesca, Colombia

Queridos y apreciados amigos del Ecuador y del mundo.

Reciban un abrazo muy afectuoso desde Suesca, un pueblito a cincuenta minutos al Norte de Bogotá, en donde se halla un sitio de escalada maravilloso que resulta ser un paraíso para quienes amamos y nos gusta este deporte en el que intentamos por instantes, en un afán atrevido en contra de natura, desafiar la ley de la gravedad.

El motivo principal de este viaje es escalar durante diez días en la Sierra del Cocuy. A mitad de trayecto entre Bogotá y la Sierra se encuentra Suesca, un lugar con la fisonomía y la vestidura propia de los andes: laderas empinadas cubiertas de bosques de acacias y eucaliptos, fincas de pequeño y mediano tamaño que se abastecen de sus propias cosechas y de sus propios animales, con el viento de verano acariciando de vez en cuando, a bocanadas largas, la cabellera verde de los árboles.

Aquí en Suesca vive un amigo y hermano de montaña muy querido para mí: Fernando González Rubio, mejor conocido como Fercho.

A este Ferchito lo conocí en 2005 al pie de una de las montañas más altas y más bellas del mundo, el Nanga Parbat de 8 125 m en la Cordillera del Karakorum en Pakistán. En esa ocasión él participaba como miembro de una expedición internacional y yo era parte del equipo Al Filo de lo Imposible de Televisión Española. La generosidad de Sebastián Álvaro, jefe de nuestra Expedición, me permitió invitarle a Fercho a ser parte del equipo. Para resumir, con él pude compartir la alegría de llegar a la cima del Nanga Parbat una mañana del 17 julio de 2005.

Si es que existe un lugar en donde los seres humanos podemos mostrarnos tal y cual somos, sin posturas, sin títulos y sin arrogancias, y a partir de ese despojo de vestiduras quedar en nuestra esencia, con la única verdad de nuestros miedos, angustias, desesperanzas, valentías, entregas, compromisos, egoísmos y generosidades?.. ese lugar es la montaña.

Primero fue en el Nanga Parbat, luego estuvimos en el Kangchenjunga en 2006. Fercho no llegó a la cima, pero cuando yo bajaba de ella él tuvo un gesto de fraternidad inolvidable, se dio el trabajo de subir desde el Campamento Base hasta cerca del Campo 2 trayéndome en un termo sopita de pollo caliente. La cima del Kangchen ha resultado ser una de las más exigentes de mi vida porque llegué al límite de mi resistencia física, bajaba con lo mínimo de mis reservas, había perdido el glamur y el decoro, cada dos por tres vomitaba únicamente bilis, que era lo único que me quedaba. En esa sensación de inutilidad y abandono apareció el Fercho para arroparme, para abrazarme por mi cima del Kangchen y mimarme con esa sopa, que más que para el estómago sirvió para mi espíritu.

Al año siguiente llegamos juntos a la cima del temible Annapurna, a las tres y cuarto de la tarde del 24 de mayo de 2007. Casi no celebramos la cima porque el riesgo de avalancha en la bajada era muy alto. El descenso lo hicimos muertos de miedo, pero dos días más tarde en el Campamento Base con unos sorbos de una Tuborg celebramos el logro de la cima. Finalmente, el 1 de mayo de 2008 a las doce del medio día Fercho fue uno de mis amigos que me acogió cariñosamente a 8 167 m, mientras yo lloraba intensamente celebrando con gratitud la cima de mi último ochomil, el Dhaulagiri.

Esos eventos, esas sensaciones y emociones compartidas marcaron la huella de afecto que me une con este hermano de montaña.

Fercho vive en Suesca, en lo alto de una ladera, con su compañera Paula y su hijito Andrés, desde aquí tenemos una vista preciosa de las Rocas de Suesca, como se le conoce a este ?parque? de escalada, en donde comenzará nuestro entrenamiento antes de irnos a la Sierra del Cocuy el próximo día sábado. Aquí me encuentro con Carlita Pérez y el ?Topito? Mena, estos dos queridos amigos de montaña, excelentes escaladores pero sobre todo lindos seres humanos, cualidad que más importa cuando hay que enfrentar los miedos colectivos y las alegrías compartidas. También nos acompaña otro querido amigo mío, Bernardo Jácome, el no es montañista, ni mucho menos, lo de él son las imágenes y la edición de las mismas. Para mí, Bernardo es uno de los mejores en lo que hace adornado con la misma cualidad humana de mis compañeros de viaje. Está con nosotros para filmar toda nuestra actividad, de manera que más adelante cuando el material esté listo lo podamos compartir con ustedes con la calidad y el cariño que el ?BiJei? pone en cada momento de su trabajo.

Ahora mismo ya salimos para las Rocas de Suesca, a disfrutar de esa extraña sensación que causa el sudor en las manos, la sequedad en la boca y las mariposas revoloteando dentro de la panza, cuando estamos al pie de la pared y nos queremos elevar, arbitrariamente, unos metros por encima del suelo.

Espero en la noche poder enviarles un par de fotos de lo que vivamos el día de hoy.

Desde Suesca, Colombia, les enviamos un abrazo fraterno quienes hacemos el equipo de SOMOS ECUADOR.

Con mucho afecto.

Iván Vallejo Ricaurte

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Salir de la tormena

Tengo la impresión de que cuando se comparte el miedo, esa angustia que oprime alguna parte del cuerpo, del espíritu, o de los dos, se alivia un poco o se siente menos. Seguir leyendo Salir de la tormena…

El Khang Tengri no te regala nada

Estambul, 1 de septiembre de 2010

Estoy sentado en el tercer piso de un restaurante sencillo en el barrio de Sultán Ahmed, espero con mis amigos y compañeros de expedición que el camarero nos tome la orden. Afuera en las calles de Estambul la lluvia cae con compromiso. Turistas y estambulitas hacen maromas para escabullirse del agua y esconderse en las viseras transparentes del tranvía. Después de que Mahmed, el camarero, nos toma la orden, los cuatro que ocupamos la mesa nos miramos entre nosotros con un regusto de satisfacción, felicidad y gratitud con la vida. Seguir leyendo El Khang Tengri no te regala nada…

Campamento Base del Pico Pobeda, Kyrgyzstan

Queridos amigos del Ecuador y del mundo.

Reciban un cálido saludo desde el Campamento Base de los picos Pobeda y Kang Tengri en las montañas del Tien Shian (Kyrgyzstan) a 4024 m de altitud. Seguir leyendo Campamento Base del Pico Pobeda, Kyrgyzstan…

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